martes, 17 de enero de 2017

De vuelta a Valinor



Al fondo del salón estaba el escenario en el que de manera desenfadada tocabas las canciones que yo amaba; en mi escenario, con mi guitarra, con mis nuevos amigos del taller de teatro.

¡Sinvergüenza!

Te aluciné y supuse que seríamos rivales durante los tres años que deberíamos compartir el plantel.

Pero, y para mi sorpresa, mi guitarra aceptó cantar entre tus manos y de buena gana. ¡Diablos! ¿Cómo negarle eso entonces?

Tú pusiste tus canciones, yo las mías, ambos quedamos prendados de ellas y en ese instante el mundo cambió, dejó de ser el mismo porque ahora tú estabas en él.

Y bueno, ya todos saben lo que siguió después. Nuestra amistad estuvo a unos meses de ponerse vestido largo y bailar el vals con todos sus padrinos. Pudo ser una gran fiesta.

¡Éramos tan jóvenes! Cantábamos a mitad de los puentes peatonales con el corazón doliente, nos dolía porque latía con mucha fuerza siempre. Las palabras se nos derramaban de la boca y del lápiz, porque no había canción que pudiera contenerlas todas.

Yo cuidaba tus espaldas y tu las mías, mostrando el dedo al sistema y nos negamos a mutilarnos la conciencia, el cabello o cada fibra que pudiera ser capaz de engendrar una buena idea, una melodía, un descaro, una travesura, una huida...

Nos negamos a caer ante los pies de los ilusionistas y con guitarra en mano defendimos lo que creímos debía defenderse; las alturas, los abismos, el amor, el odio, los sueños y pesadillas, porque hasta el dolor más agudo debe sufrirse con placer y con estilo.

La eternidad nos duraba lo que una canción de Silvio y juntos bebimos de su copa.

Cada canción que yo terminaba de tejer tenía que cumplir con el sello de calidad que tú otorgabas y viceversa. Nunca dejaré de escribir, ni de cantar, pero ahora será la historia la que evalúe mi ejercicio.

Podría contar tantas anécdotas  que solo los testigos podrán entender y valorar, ¡y es que son tantas! pero no quiero spoilear ninguna ahora para que cuando hable de ellas en una tertulia, en un café, en un concierto o en mis memorias cada oyente las reviva con la misma intensidad con que yo las viví a tu lado.

Pero en fin hermano, aquí estamos.

Las náuseas de fin de siglo nos enfermaron mucho y las náuseas del nuevo siglo te dañaron más a ti. Pese a tu colosal figura siempre padeciste una sensibilidad profunda.

Y te fuiste, a la ciudad definitiva, sin avisos ni alarmas. Partiste sin despertar a nadie, como cuando dormías en mi sofá y te marchabas al amanecer.

El mundo nunca será lo suficientemente grande para que tus huellas desaparezcan en su inmensidad porque aquí te añoran tus padres debido a que fuiste un gran hijo, te añoran tus alumnos porque fuiste un gran maestro, te añoran tus colegas, tus amigos y aunque no me creas, te añora cada persona que tocaste porque fuiste de una u otra forma una pieza clave en la vida de cada uno de ellos.

Y pues, yo te añoro. 
Te lloro, te extraño porque fuiste todo eso y más, porque no sólo eras una pieza clave, eras uno de mis pilares, hiciste parte de los cimientos de la persona que soy hoy en día. Fuiste más que un amigo, más que un aliado, más que un hermano; fuiste una de esas extrañas coincidencias que no ocurren todos los siglos, que no todas las existencias se pueden permitir; y es que ¿cuáles eran las probabilidades de encontrar un alma gemela que tenía sus fortalezas donde yo tenía mis debilidades  y que flaqueaba donde yo podía sostenerme? 

Estoy triste; triste y muy cabreado, porque ¡maldita sea, teníamos muchas cosas pendientes carajo!
¡Joder Iván esto apenas iba comenzando!, ¡aún nos deparaban centenares de canciones por hacer y por cantar!, ¡libros por leer!, ¡caramba!, ¡¡¡Shenmue 3 venía a finales de este año!!! 
¡Viene Serrat, viene Sabina!, ¡Ismael prepara nuevo disco y yo también! 
¡¡¡Demonios!!! 
¡Empecé a trabajar en él una semana antes de tu partida y no estarás aquí para escucharlo con nosotros! ¡Siempre supiste que decir en tiempos de guerra y hambruna!, pero ¿quién va a decirme como debo hacer ante el panorama de no verte mas aquí entre mi gente? 

¡Qué siniestra es la muerte, que desalmada y retorcida!

Y disculparás estas lineas tan llenas de rabia, pero siento que la sangre me derrite las venas y el humo me nubla la visión, ¡estoy jodido Iván!, me siento muy triste, muy desconsolado, desesperado y con un veneno recalcitrante quemándome las vísceras.

Perdóname, por no ser tan fuerte como debería ante semejante tragedia, te quería demasiado, pero también sé que el show debe continuar. 
Tú sigue tu camino al infinito, tu trascendencia la has dejado aquí ya con nosotros.

Por mi parte, encontraré la manera de darle acomodo a todo lo que es nuestro, veré cómo organizar y organizarme en esta vida sin tu mirada de cazador, sin tu sonrisa socarrona, sin tus golpes de bong oriental, sin tus carcajadas ruidosas, sin tu "oye pinche Isaac, ¿aun camino como robot?", sin tu necia insistencia en pensar que siempre se puede, sin tus sueños surrealistas, sin tu abrazo rompe costillas y repara sueños, sin tu inquebrantable rectitud, sin tus acordes amorfos, sin tu miedo a que la escalera de casa de mis padres te matara algún día, sin tus correctivos dolorosos por mi mal acento inglés, sin tus vengancitas, sin tu impecable oratoria, sin tu inexistente orientación cardinal, sin tu sombrío optimismo, sin tu alegría por vivir, sin ti.

Encontraré la manera, te lo aseguro, y honraré cada enseñanza que me diste, así que por ese lado puedes irte tranquilo; porque si pude sobrevivir a tus constantes ataques, podré con esto también. Aprenderé a detener las balas, igual que tú, dentro de esta Matrix diaria.

Ayer fuimos furia y hoy nadie puede pararlo, así que sin temor regresa a Valinor, a las tierras imperecederas, sube a la última ola del mar, sopla el último dientecito de león, vive eternamente ahí, al oeste de la realidad, tan joven y tan viejo cómo siempre. 
Para mi siempre serás ese hombre mirando al suroeste, sintiendo el vértigo del mundo al detenerse.


¿Quién fuera mi Nano? ¿Quién fuera mi trovador?

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