Un hombre miraba perdido el horizonte, por horas y horas, hasta que el sol se escondía de la noche que arribaba y entonces lloraba.
Llevaba haciendo este ritual por un tiempo considerable y cada vez le parecía más terrible el espectáculo que presenciaba, era tal su fascinación que apagaba el teléfono, cerraba con llave su puerta, subía a su azotea y en una silla vieja de madera roída, descansaba sus ser para entender mejor el misterio de la tarde, cada tarde sin excepción, solo consigo mismo.
La gente comenzaba a preocuparse, porque tiempo atrás era un artista soberbio, virtuoso, poderoso; de una flor marchita podía escribir un soneto sublime, o un adagio delirante, o hacer una acuarela majestuosa, hacía del mundo cotidiano una explosión de belleza y talento. Por si fuera poco, su obra se vendía como el diario matutino y su producción nunca se acumulaba en su estudio, a pesar del ritmo frenético con el que producía, era un hallazgo, era el amor de Dios entregado a los hombres por medio de las manos de este artista y la gente lo reconocía como tal: "maestro", "genio", "inmortal".
Pero comenzó a mirar el cielo y dejó de pintar, comenzó a perseguir al sol y dejó de escribir, comenzó a respirar la noche y dejo de hacer música, solamente estaba ahí, sentado en su silla, llorando cada vez que la oscuridad devoraba los cielos.
"Quizá esta pensando en su nueva obra", "quizá esta deprimido", "quizá, quizá, quizá", el mundo entero trataba de entender que ocurría con este semidios, creador de fantasías y universos, era impensable que tanto talento se perdiera entre tarde y tarde sin producir nada, asi que su mejor amigo fue a visitarlo.
¿Estas bien?, ¿necesitas algo?, pregunto el amigo alarmado, pero el artista miraba el horizonte sin hablar. El amigo insistió e insistió e insistió, pero no obtuvo alguna respuesta. A punto de irse, el artista, con voz de quien quiere compartir un secreto, dijo a su amigo: "mira el horizonte, dime ¿que ves?
El amigo miró y respondió: miro un día que esta a punto de terminar, uno más, de tantos que has dejado pasar, consumiéndote en el letargo, ¡¿no te das cuenta del terrible desperdicio que son estos días tuyos?!, no pintas, ni escribes, ni cantas, ¡nada!, ¿que va a pasar?, ¿vas a esperar a que la vida se te consuma sin más?, ¿a que un día mires atrás y te des cuenta que ya es tarde, que todo acabó?, eres un gran artista, naciste con tantos dones que ya muchos quisieran tener, incluso imaginar, ¡dime, que necesitas!, habla conmigo, ¿cómo puedo ayudarte?, ¿no ves que todos estamos preocupados por ti?
El artista sin reacción, alejó la mirada de su amigo y volvió a montar el horizonte, oscuro ya.
Así, cada día, su amigo lo visitaba e intentaba hacerlo entrar en razón, haciéndole ver la cantidad de dinero que estaba perdiendo, demostrándole que su fama y renombre se apagaban poco a poco, le alegaba que se hacía más y más viejo y siempre obtenía la misma pregunta "mira el horizonte, dime, ¿qué ves? y el artista obtenía siempre la misma respuesta "¿no ves que todos estamos preocupados por ti?"
Un día de tantos, el amigo fue a visitarlo pero lo único que encontró fue una silla vacía y una hoja de algodón con un escrito en ella. La leyó, miró al horizonte y lloró. La hoja decía: "El problema amigo mío, es que me aterra la idea de que mi existencia dependa de alguien que es incapaz de sobreponerse al ocaso, pero gracias por la preocupación".