Había un niño pequeño a la espera de mi sentencia, con los ojitos tristes bien abiertos, observándome, ahí, vulnerable, con la carita sucia y las ropas desteñidas, como el retrato perfecto de la inocencia congelada.
¿Cómo iba yo a saber que andaba siguiendo mis pasos?
No recuerdo muy bien cuando fue la última vez que reparé en él, quizá aquella en que vi por vez primera "Hoppipolla" de Sigur Rós, o esa otra en que lloré con el final de Toy Story 3, aunque podría ser también, hace unos días, mientras llovía a cantaros. Yo fumaba un delicado desde la puerta que da a la terraza, y ahí, afuera, estaba él, descalzo, saltando en los charcos, riendo, jugando con el agua, abriendo los brazos al cielo como quien recibe un regalo celestial, como quien abraza a un ser querido después de años de no verle.
Entonces me miró, y sonrió con el rostro mas apacible y puro que he visto jamás, y con un ademán de su mano, me invitó a salir a la lluvia y jugar con él, como alguna vez lo hice cuando niño.
Le expliqué que no podía, por muchas razones, porque tenía función el fin de semana y no podía darme el lujo de enfermarme, porque el suelo estaba sucio, porque hacía frío, porque tenía muchos pendientes por atender, porque ya no era un niño. Entonces su sonrisa desapareció y me miró con la lástima que hincha la mirada de la gente cuando ve un cachorro hambriento, me miró con unos ojos ahogados en tristeza y agonía, como si yo fuera un enfermo en etapa terminal.
Esto me molestó sobremanera y entré a la casa cerrando la puerta con un golpe seco, observando como el niño, llorando amargamente se recostaba en el suelo para dormir bajo la lluvia.
De entonces no recuerdo haberle visto , aunque de alguna forma esperaba que ahí estuviera.
Desperté con un fuerte dolor en el pecho, me levanté con la boca seca y la espalda destrozada, me miré al espejo y eso no era yo, o al menos, no me recordaba así, con los párpados caídos, los ojos apagados, el rostro arañado por los años y la expresión de un adulto que nunca quiso serlo. Café y cigarro como desayuno, acompañado de Aristegui dando cuenta de las plagas del nuevo día. Un baño tibio, no se si por el calentador fallando o por mi cuerpo haciendo lo mismo. Salí y el mundo era más hostil que de costumbre, los autos eran como manadas de depredadores hambrientos, el ruido cincelando mis sienes, las luces golpeándome de frente sin poder respirar, todo era una mala orquestación de cotidianidades juntas, sin ritmo ni batuta, taladrando hasta la más pequeña fibra de mi ser. Fue entonces que recordé que antes era distinto, cuando niño, solía usar los sonidos de la ciudad y los tejía en melodías únicas e irrepetibles, me levantaba con una sonrisa en la boca y el cuerpo caliente y liviano, desayunaba canciones y rimas que cantaba antes de salir al mundo, dibujaba en las paredes, dormía en los jardines, corría tras el viento, escalaba los volcanes, acariciaba las nubes, cerraba los ojos para poder ver, respiraba aire puro, caminaba al filo del horizonte, abría los brazos al cielo esperando un gran regalo, jugaba en la lluvia y era feliz sin saberlo.
¿A dónde fueron esas habilidades?, ¿Dónde las perdí? Solamente alguien podría decírmelo.
Así que corrí y corrí, recorrí el cielo, la mar y la tierra en su búsqueda, levanté los asfaltos y me perdí en los parques, le busque en el ruido de la cuidad y en el columpio del camellón, en el día y en la noche, en el sol y la lluvia, pero sin éxito, pareciera como si hubiera vuelto a ese mundo mágico al que pertenecía, al que quería llevarme borrando cualquier rastro de su existencia.
Lo extraño mucho, demasiado, si pudiera mirarlo de nuevo y pedirle perdón por esto que soy, por lo que no pude ser, lo haría una y mil veces, y si tuviera la dicha de perdonarme, me arrancaría las botas de los pies y le salpicaría golpeando en el charco mas profundo mientras la lluvia sigue su lenta caída.
Me propongo, cada tarde, preparar chocolate, prender el calentador, dejar un par de toallas en la entrada y ponerme las sandalias, por si decide volver, quiera quedarse a jugar conmigo
para siempre.