miércoles, 25 de septiembre de 2013

Una de nosotros

(Para Nat, por sus veinticuatro nuevos comienzos)

Por mano propia exiliada
urbana en campo abierto
cómplice de madrugadas
encantadora del tiempo.

Tan joven como una niña
dueña de un alma añeja
como quien pinta en un muro
la puerta que abierta se deja.

Extraña de toda la vida
íntima de verbos suicidas
cantora de dioses paganos.

Prófuga de la memoria
juez y parte de su historia
fiscal de sus abogados.

Criminal de su propia suerte
víctima de su rebeldía
lo mejor es que es inocente
lo peor es que ya lo sabía.

Nadie ha sabido vencerse
y brindar por su victoria
ella ha logrado perderse
para encontrarse en la gloria.

Ni de allá ni de aquí, eso se sabe
tan de todos, tan de algunos, tan de nadie
que no falte el café ni el cigarro adjunto.

Que no falten nunca los comienzos
revela el secreto de los maestros
"ol yu nid is lob" y punto.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Una cucharadita de azúcar

Ella siempre estuvo muy adelantada a su época, quizás por esa razón nació un día antes de la Independencia, para no verse sumergida en esta repugnante y nauseabunda farsa, para que su grito de guerra se escuchara en todo su esplendor, hasta que poco a poco se apagara su eco, para no filtrarse con aquél que el presidente da a su rebaño, y así, perderse en el olvido.

Desafortunadamente la conozco más por la historia que por la memoria, afortunadamente pude conocerla, al menos lo suficiente para que pudiera medrar en mí con su partida, lo suficiente para dejar un hueco profundo en mis entrañas y así poderla recordar con una sonrisa agridulce, de esas que duelen y gustan, como de aquél que piensa en un amigo que vive al otro lado del mundo y sonríe, porque cruzó las fronteras cotidianas, pero duele profundo no tenerle ahí.

Yo la recuerdo como a un guía espiritual, como una sacerdotisa, envuelta en túnicas blancas, subiendo y bajando las escaleras de la casa donde crecí, dando consejos y escuchando pacientemente relatos, sentándose a la mesa con nosotros, los mortales, y compartiendo los alimentos. Ella hacía una especie de ensalada verde (como buen guía espiritual) en la licuadora, cuya textura era pastosa muy, muy verde, y picaba más que un expreso de habanero; la odiaba con toda el alma. Pero para compensar, ella y mi madre unían su magia y podían transformarme en un Power Ranger, en Jorge Campos o en Michael Jackson entre otras cosas locas. 

Tenia unos ojos serenos y amorosos, nunca se encontraba una mueca de disgusto en su rostro y sus brazos siempre estaban bien abiertos, incluso en sus últimos días, pese al dolor, siempre me regalaba las miradas mas dulces y cálidas que en la vida he recibido.

Ella es culpable de dedicarme a las canciones, la primera se la escribí a ella, en un lapso de dos semanas, una antes de morir, una después. Ese domingo salió el sol pero hacía frío, juro haber escuchado campanas en mi almohada toda la noche, como un augurio de una tragedia con final feliz. Todo se rompió, los mapas se quebraron dando a luz continentes que no habrían de encontrarse nunca más, todos nos quedamos huérfanos, mi padre de madre, mi madre de suegra (y segunda madre) mi hermano y yo de abuela y el mundo entero de ella.

Era tan comprometida en su amor, que aún después de su partida solía hablar conmigo, escucharme más bien. Nos sentábamos en las escaleras y charlábamos por horas y horas, de mi vida y de la suya, de esta vida, de la suya, y cuando oscurecía volvía a su hogar y yo al mío.


Me solía dar hipo muy seguido cuando niño y ella me lo curaba con una cucharadita de azúcar, amaba el hipo por esa razón, a veces incluso, fingía el hipo solo para que me diera esa cucharadita de azúcar. Creía que ella ingenuamente compraba mi mentira, hoy se que yo me compraba la mentira de que ella no sabía, pero no importaba, así eramos felices.

Hoy en día aún me da hipo, me gusta pensar que es su forma de decirme "hola, ¿cómo has estado?".

Gracias Yeya, feliz cumpleaños, ya te daré tus abrazos en algún jardín, verde, hermoso, infinito...

martes, 3 de septiembre de 2013

El peor de los adultos

Había un niño pequeño a la espera de mi sentencia, con los ojitos tristes bien abiertos, observándome, ahí, vulnerable, con la carita sucia y las ropas desteñidas, como el retrato perfecto de la inocencia congelada.
¿Cómo iba yo a saber que andaba siguiendo mis pasos?

No recuerdo muy bien cuando fue la última vez que reparé en él, quizá aquella en que vi por vez primera "Hoppipolla" de Sigur Rós, o esa otra en que lloré con el final de Toy Story 3, aunque podría ser también, hace unos días, mientras llovía a cantaros. Yo fumaba un delicado desde la puerta que da a la terraza, y ahí, afuera, estaba él, descalzo, saltando en los charcos, riendo, jugando con el agua, abriendo los brazos al cielo como quien recibe un regalo celestial, como quien abraza a un ser querido después de años de no verle.
Entonces me miró, y sonrió con el rostro mas apacible y puro que he visto jamás, y con un ademán de su mano, me invitó a salir a la lluvia y jugar con él, como alguna vez lo hice cuando niño.

Le expliqué que no podía, por muchas razones, porque tenía función el fin de semana y no podía darme el lujo de enfermarme, porque el suelo estaba sucio, porque hacía frío, porque tenía muchos pendientes por atender, porque ya no era un niño. Entonces su sonrisa desapareció y me miró con la lástima que hincha la mirada de la gente cuando ve un cachorro hambriento, me miró con unos ojos ahogados en tristeza y agonía, como si yo fuera un enfermo en etapa terminal.

Esto me molestó sobremanera y entré a la casa cerrando la puerta con un golpe seco, observando como el niño, llorando amargamente se recostaba en el suelo para dormir bajo la lluvia. 
De entonces no recuerdo haberle visto , aunque de alguna forma esperaba que ahí estuviera.

Desperté con un fuerte dolor en el pecho, me levanté con la boca seca y la espalda destrozada, me miré al espejo y eso no era yo, o al menos, no me recordaba así, con los párpados caídos, los ojos apagados, el rostro arañado por los años y la expresión de un adulto que nunca quiso serlo. Café y cigarro como desayuno, acompañado de Aristegui dando cuenta de las plagas del nuevo día. Un baño tibio, no se si por el calentador fallando o por mi cuerpo haciendo lo mismo. Salí y el mundo era más hostil que de costumbre, los autos eran como manadas de depredadores hambrientos, el ruido cincelando mis sienes, las luces golpeándome de frente sin poder respirar, todo era una mala orquestación de cotidianidades juntas, sin ritmo ni batuta, taladrando hasta la más pequeña fibra de mi ser. Fue entonces que recordé que antes era distinto, cuando niño, solía usar los sonidos de la ciudad y los tejía en melodías únicas e irrepetibles, me levantaba con una sonrisa en la boca y el cuerpo caliente y liviano, desayunaba canciones y rimas que cantaba antes de salir al mundo, dibujaba en las paredes, dormía en los jardines, corría tras el viento, escalaba los volcanes, acariciaba las nubes, cerraba los ojos para poder ver, respiraba aire puro, caminaba al filo del horizonte, abría los brazos al cielo esperando un gran regalo, jugaba en la lluvia y era feliz sin saberlo.

¿A dónde fueron esas habilidades?, ¿Dónde las perdí? Solamente alguien podría decírmelo.

Así que corrí y corrí, recorrí el cielo, la mar y la tierra en su búsqueda, levanté los asfaltos y me perdí en los parques, le busque en el ruido de la cuidad y en el columpio del camellón, en el día y en la noche, en el sol y la lluvia, pero sin éxito, pareciera como si hubiera vuelto a ese mundo mágico al que pertenecía, al que quería llevarme borrando cualquier rastro de su existencia.

Lo extraño mucho, demasiado, si pudiera mirarlo de nuevo y pedirle perdón por esto que soy, por lo que no pude ser, lo haría una y mil veces, y si tuviera la dicha de perdonarme, me arrancaría las botas de los pies y le salpicaría golpeando en el charco mas profundo mientras la lluvia sigue su lenta caída.
Me propongo, cada tarde, preparar chocolate, prender el calentador, dejar un par de toallas en la entrada y ponerme las sandalias, por si decide volver, quiera quedarse a jugar conmigo
para siempre.