domingo, 15 de septiembre de 2013

Una cucharadita de azúcar

Ella siempre estuvo muy adelantada a su época, quizás por esa razón nació un día antes de la Independencia, para no verse sumergida en esta repugnante y nauseabunda farsa, para que su grito de guerra se escuchara en todo su esplendor, hasta que poco a poco se apagara su eco, para no filtrarse con aquél que el presidente da a su rebaño, y así, perderse en el olvido.

Desafortunadamente la conozco más por la historia que por la memoria, afortunadamente pude conocerla, al menos lo suficiente para que pudiera medrar en mí con su partida, lo suficiente para dejar un hueco profundo en mis entrañas y así poderla recordar con una sonrisa agridulce, de esas que duelen y gustan, como de aquél que piensa en un amigo que vive al otro lado del mundo y sonríe, porque cruzó las fronteras cotidianas, pero duele profundo no tenerle ahí.

Yo la recuerdo como a un guía espiritual, como una sacerdotisa, envuelta en túnicas blancas, subiendo y bajando las escaleras de la casa donde crecí, dando consejos y escuchando pacientemente relatos, sentándose a la mesa con nosotros, los mortales, y compartiendo los alimentos. Ella hacía una especie de ensalada verde (como buen guía espiritual) en la licuadora, cuya textura era pastosa muy, muy verde, y picaba más que un expreso de habanero; la odiaba con toda el alma. Pero para compensar, ella y mi madre unían su magia y podían transformarme en un Power Ranger, en Jorge Campos o en Michael Jackson entre otras cosas locas. 

Tenia unos ojos serenos y amorosos, nunca se encontraba una mueca de disgusto en su rostro y sus brazos siempre estaban bien abiertos, incluso en sus últimos días, pese al dolor, siempre me regalaba las miradas mas dulces y cálidas que en la vida he recibido.

Ella es culpable de dedicarme a las canciones, la primera se la escribí a ella, en un lapso de dos semanas, una antes de morir, una después. Ese domingo salió el sol pero hacía frío, juro haber escuchado campanas en mi almohada toda la noche, como un augurio de una tragedia con final feliz. Todo se rompió, los mapas se quebraron dando a luz continentes que no habrían de encontrarse nunca más, todos nos quedamos huérfanos, mi padre de madre, mi madre de suegra (y segunda madre) mi hermano y yo de abuela y el mundo entero de ella.

Era tan comprometida en su amor, que aún después de su partida solía hablar conmigo, escucharme más bien. Nos sentábamos en las escaleras y charlábamos por horas y horas, de mi vida y de la suya, de esta vida, de la suya, y cuando oscurecía volvía a su hogar y yo al mío.


Me solía dar hipo muy seguido cuando niño y ella me lo curaba con una cucharadita de azúcar, amaba el hipo por esa razón, a veces incluso, fingía el hipo solo para que me diera esa cucharadita de azúcar. Creía que ella ingenuamente compraba mi mentira, hoy se que yo me compraba la mentira de que ella no sabía, pero no importaba, así eramos felices.

Hoy en día aún me da hipo, me gusta pensar que es su forma de decirme "hola, ¿cómo has estado?".

Gracias Yeya, feliz cumpleaños, ya te daré tus abrazos en algún jardín, verde, hermoso, infinito...

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