sábado, 10 de agosto de 2013

De esta pesadilla ¿despertaré?

(Para los rentos de mi corazón)

Los 90's, nos dejaron como herencia un abanico de hallazgos, algunos más afortunados que otros, desde un rabioso y vulnerable "Curco Bein" hasta esos empalagosos merengues de Locomía, los imposibles juegos del Nintendo, Friends, las gemelas Olsen y la era dorada de los Simpsons, una gama de colores brillantes, la mejor música en inglés y el ocaso de la última generación que supo disfrutar de los amigos sin necesidad del internet.

Pero uno de esos hallazgos me fue completamente ajeno hasta hace unos cuantos meses; "Rent", así es, el refrito moderno de "La Bohéme" de Giacomo Puccini, ese mediano musical semi rockero chapado en drogas, sida, bohemia y amigos que no tienen una mínima idea de lo que quieren o hacia donde van.

He de confesar que nunca fui un gran seguidor de esta obra de Jonathan Larson, ni siquiera un seguidor mediano, es más, cuando mi hermano logró convencerme de ver la película, tuve suerte de no dormir a mitad del primer acto. Y es muy probable que mi indiferencia se debiera a mi aversión a los musicales, desde Disney los sufro (irónico para alguien que vive de hacer canciones).

Pero la vida da giros muy burlones, y justo a mi, el malencarado enemigo de los musicales "brodwerianos", vino a ponerme dentro de esta historia.

Sorpresivamente, a base de lecturas de guión, ensayos y ensayos de canciones, análisis de personajes y dosis altas de café y cigarros, pude encontrar pequeños tesoros dentro de esta historia, así como un explorador encuentra el santo grial en una caja de arena.

A mi parecer, muy en el trasfondo de este cuento neoyorkino, la fibra más interesante, es cómo todos los personajes viven rodeados por el velo de la muerte, están aquellos, los heridos por el sida, personajes consientes de su efímero paso por el mundo y su distinta perspectiva hacia ese doloroso final.

Porque ¿cuál es la postura correcta ante este facto?, ¿el miedo?, ¿la rabia?, ¿la tristeza?, ¿la derrota? y así esperar que la muerte venga, toque a la puerta y la dejemos pasar, como quien espera a un invitado o a un nuevo roomie, como un criminal espera a que las esposas lo lleven a la celda de la que nunca saldrá. O por el contrario, sentir la urgencia de vivir cada minuto como el último, dejar que la locura tome el control y elevar al máximo las experiencias, los placeres, la sublimación en el exceso, dejar que el corazón se entregue sin pensar en mañana.

Y es que, ¿será más fácil acaso aceptar el fin cuando nada te ata a este sitio por abandonar o cuando no existe alguna asignatura pendiente en tu lista de quehaceres?.

Pero también están aquellos que se quedan, los testigos de un entorno que se mueve, que se renueva, los malditos que ven caer y desaparecer a sus seres queridos (que también definen un poco lo que ellos son) así como quien mira como se derrumba el jardín donde jugaba con sus amigos dando paso a un centro comercial. Los que sufren, tal vez un poco más, porque se quedan, porque sobreviven, pero al mismo tiempo mueren varias veces.

Los que se van, se van y sólo viven en la memoria, pero se llevan un poco (o un mucho) de quien se queda; los que se quedan, son como una escultura rota, que sabe que al final de su propio relato, nadie asistirá a su entierro, nadie lo velará, porque todos se marcharon mucho antes. ¿Cómo aceptar un futuro impregnado en una soledad irremediable?

Hay quien se derrite por sus canciones, por sus historias de amor, sus chistes, la ilusión de belleza que dibuja "la vida bohemia", incluso toda la parafernalia detrás de esta puesta en escena, sin embargo, lo que más rescato yo es este choque de visiones, que parten de distinto sitio pero se estrellan en el mismo muro. La muerte nos rodea todo el tiempo. Incluso su autor lo reafirma, al morir una semana antes de su estreno.

Quizá me hubiera gustado ver más a fondo esta cuestión, sufrir con los personajes ese deterioro, físico y espiritual, esa desesperanza, ese temblor, esa sequía en la garganta, esa pequeñez humana ante lo que no puede controlar, esa mortalidad. Creo que le sobra un poco de romance y le falta más crudeza.

En conclusión, el buen Larson nos dió una historia llena de buenos matices, de vibrante música y personajes entrañables, pero quizá, lo maravilloso de Rent es lo que no se muestra directamente en escena, es todo ese dolor que se oculta detrás del escenario, ese crudo trasfondo que solo puede palparse si uno se permite ir mas allá de los bellos acordes, toda esa realidad que se oculta detrás de una frase en apariencia simple: "No day but today".

¡Gracias, Jonathan Larson!





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