La ciudad libra una feroz batalla contra una epidemia que amenaza su rutina y desafortunadamente, poco a poco, la ha disminuido a pequeños, casi inofensivos brotes que luchan por su supervivencia.
Usted quizá, alguna vez vio alguno de estos bichos; de cuerpo metálico, un cráneo con dos cuernos, uno de cada lado, abdomen fuerte con una protuberancia leve en el lomo, un par de ruedas con las que andan, y algunos, con uno o dos ojos fijos, una garganta que timbra o exhala graznidos y un par de luces brillantes en su frente y en su rabo. Extraños animales que algunos "salvajes" aprendieron a domesticar para poder desplazarse. Su nombre: Bicicleta
La osadía de montar uno de estos monstruos se paga caro, pues, el mundo ya no guarda espacio para ellos.
Las calles, avenidas, glorietas y demás escenarios donde en tiempos añejos las bicicletas podían andar libres se han convertido en un campo de batalla, donde el ciclista siempre lleva las de perder, porque obviamente, el mundo moderno es para los autos, los motores, el combustible, el smog.
Un ciclista ya no puede andar tranquilo, porque a los ojos del salvaje río de concreto no vale demasiado, tiene que cuidarse constantemente de los depredadores que le acechan, de los caminos cerrados, y la velocidad. Ya ni siquiera uno puede elegir una bici hermosa, por miedo a ser secuestrada, uno debe conformarse con traer un cacharro, feo, jodido, anti-robo.
Pero ¿cómo es posible que la gente olvide esa sensación? La sensación de pedalear y sentir como se abandona el suelo, esa fusión a lo Avatar de James Cameron entre la bici y el individuo, la fuerza del aire chocando contra el cuerpo y ese poder inigualable de dejar los pulmones subiendo una pendiente para abandonarse al vacío al comenzar a descenderla.
Espero francamente que la ciudad sucumba al poder de las bicis, que no se acaben los caminos para dos ruedas. Si tu, que lees esto, tienes una de ellas olvidada en el garage; limpiala, arreglala y disfrútala, así como ella te disfruta a ti. Nada es mas triste que ver una bicicleta olvidada en la desgracia. Al salvarla, salvas también
a ese niño que te grita desde adentro.

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