(Para Lau, gracias por animarme a abrir este pozo de los deseos)
Me he visto sumergido en un claro de muros, de columnas de papel y tinta, que cierran la vista al horizonte.
Las palabras que reposan en su cima esperan ser cantadas, tienen tanto que decir, tanto que contar, tanto tiempo, aguardando por su acorde azul que las rescate del anonimato, que la eleve más allá de donde la vista alcanza para lanzarse en caída libre contra la tierra fértil, y así no morir nunca.
Así es, tienen miedo de morir, porque esos muros no son eternos, son más vulnerables que altos, y el tiempo, el olvido y la lluvia los corroen, los disuelven en arena, que todos pisan pero nadie ve, nadie lee, nadie escucha, nadie vive ni respira; y cuanto sean abatidos, las palabras atadas a ellos sufrirán el mismo destino.
¿Qué haré cuando las palabras me abandonen?, podría construir nuevos muros, pero al final, igual que yo serán polvo y mis palabras silencio, lo que me remite a La Cuestión inhacible: nunca aprendí otro oficio que el de tejer palabras en canciones, pero si nadie las escucha, ¿qué será de mi cuando la tinta deje de fluir por mis venas?, ¿quién salvará mis escritos?, ¿a dónde van los versos?
Ya no se bien si lo que me preocupa más son las palabras nonatas o las palabras olvidadas.
No me gustan estos muros, porque son efímeros en si, así que puedes venir, de tanto en tanto, y llevarte una palabra, un verso, una plegaria, antes de que la oscuridad devore todo y este reino sea la tumba de las plegarias.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario