miércoles, 11 de diciembre de 2013

La Chamana

Es interesante darse cuenta como las costumbres se van heredando sin que uno se percate del continuo plagio que es nuestra existencia; prueba de ello es mi café mañanero.
Antes de que cualquier suceso descomponga la naturalidad de mis mañanas, es preciso notificarle a la aurora acerca del milagro que es mi despertar con un buen café negro. Es un ritual casi mecánico, y es que, una vez que la maquinaria aprende a trabajar con cierto combustible, es casi imposible que se pueda echar a andar sin él.
Cierto día, el café desapareció de mi alacena y recordé que mi madre tenía las mismas costumbres, por lo que fui a buscar su auxilio. Ya con ella, le confesé la repetida manía que (según yo) le había heredado, pero en vez de aceptar la responsabilidad de sus actos, se lavó las manos argumentando que si ambos éramos esclavos de la cafeína, era por culpa de su madre, mi abuela.
Entonces todo tuvo sentido, los jarritos de barro, las mañanas frías abatidas por el famoso café de la abuela, el café soluble más glorioso, tan místico, tan misterioso y legendario que solamente una chamana podría conquistar.
Para algunos, Lupe. Para otros, "la Chica". Otros la conocían como "Chupa", "Chiquita", "Chamana" etc., para todos, era el pilar indestructible que sostenía el linaje que ella misma había creado.
Una mujer así de grande no podía caber en un mundo tan estrecho, así que con sus brazos fuertes de roble moldeó la tierra para que cupieran sus ocho hijos, e incluso, sus nietos.
Su alma era antigua como las catedrales, hija del campo abierto y los cielos despejados, ella no sabia de mapas pero sabia de caminos, ella no sabia de notas pero sabia cantar,  ella no sabia del tiempo pero sabia esperar, ella no sabia de zapatos pero sabia de terrenos, ella no sabia plomería pero sabia del agua, ella no sabia biología pero sabia de flores, ella no sabia medicina pero sabia curar, ella no sabia de gramática pero hablaba con todas las letras, ella no sabia psicología pero sabia escuchar, ella no sabia de moda pero sabia vestir,  ella no sabia de historia pero sabia tanto, tanto de la vida, que no existe libro que la contenga, ella no sabia de amor, pero amaba con la sangre.
Era la matriarca bondadosa, era la deidad femenina que gobernaba el paraíso de los humildes, era el rayo y las flores, el rugir de un volcán y el canto de un canario, era la furia de un huracán y la dulzura de un silbido, era una tormenta de arena y una gota de rocío,  era el filo de un iceberg y el aliento de un geiser, era un hermoso compendio de claroscuros, siempre fue así, pero todo reino por muy eterno que sea, esta condenado a quedarse huérfano, porque hay espíritus que nunca dejan de crecer y el cuerpo no los puede contener, y se fue, con los aires decembrinos, indispuesta a arrancarse una hoja mas de las ramas, dos días antes de su cumpleaños.
Pero mis lineas son incorrectas al decir que ella fue cuando aún, hoy en día, sigue siendo, sigue estando, sigue ahí, subiendo y bajando de la tierra a las nubes y viceversa, está en la lluvia, en un jardín verde y sano, en un patio enorme, en la música clásica, en el estambre, en las gardenias y en los lirios, en el perfume "Maja", en los canastos de fruta, en el atole de ciruela, en el chiquirirú, en los dulces de menta, en los eclipses pintados a mano, en Xochimilco y sus plantas, en la sopa de fideo, en un edredón bordado, en un altar familiar, en el café por supuesto y en ese verso que solo a ella se le escuchaba mejor que a los mismos Nocheros.
Me parece que esa boca esta a un paso de decir te quiero...